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    14 de Diciembre del 2015

Venezuela: ¿se acabó el chavismo?

   Augusto Zamora R.*

   La apabullante victoria de la oposición en Venezuela ha provocado una ola de euforia en la derecha y una normal depresión en la izquierda. ¿Se acaban así, de golpe, sin más, sin anestesia, los procesos de cambio revolucionarios? Fácil es afirmar que sí, como si se tratara de una repetición mecánica del suicidio de la URSS, pero la respuesta es no.

Los procesos de cambio —por una parte— producen transformaciones que no tienen retroceso (no se puede desalfabetizar a un pueblo alfabetizado, como no se puede privar a la gente de los derechos sociales adquiridos, no sin riesgo de provocar revueltas populares). Por otra, los comportamientos electorales no son permanentes. Que haya ganado la derecha el 6 de diciembre no significa que la derecha vaya a ganar siempre y que el chavismo haya muerto. Los reveses electorales suelen ser hijos de malas políticas, sin ignorar el peso de factores externos.

El 6 de diciembre se explica mejor asumiendo que el chavismo se había acostumbrado demasiado a ir de victoria en victoria electoral y, al final, tantas victorias hicieron perder perspectivas, la falta de perspectivas dañaron a la propia base electoral y la base electoral terminó castigando.

Venezuela, como toda Latinoamérica, arrastra de siglos gravísimos problemas estructurales. Lidiar con ellos no ha sido nunca fácil porque, o bien se ha fallado en su identificación, o han pesado demasiado las ideologías o no se ha dispuesto nunca, simplemente, de recursos humanos y económicos suficientes para poder hacerles frente. La revolución cubana no vio la urgencia de cambiar el modelo monoexportador. La revolución sandinista —brutal guerra de agresión aparte— castigó más a los pequeños y medianos productores que a la oligarquía conservadora.

Ningún país latinoamericano ha solucionado el problema del latifundismo, aunque, como afirmara en 1994 John Kenneth Galbraith, “el desarrollo requiere el desalojo de la oligarquía terrateniente”. Ni Cuba ni Venezuela entendieron la trascendencia de la revolución agraria, base transformadora de las sociedades y garantía de la soberanía alimentaria. Tal error los convertirá en países importadores de alimentos, gastando en lo que podían producir divisas necesarias para financiar las transformaciones económicas, sociales y científico-técnicas.

Uno de los mayores éxitos del Frente Amplio uruguayo ha sido convertir al país en potencia agroexportadora, lo que significa un pueblo bien alimentado y un Estado con recursos para financiar sus programas sociales y de desarrollo.

Venezuela depende en exceso del petróleo. El hundimiento de los precios implicó el hundimiento de parte sustancial del programa económico chavista y por eso resultó fácil boicotear su economía. No hay que olvidar que los boicots económicos son el primer recurso de los enemigos de los procesos de cambio. EEUU impuso un brutal embargo sobre Cuba en 1961. El boicot de la economía chilena fue estrategia medular para provocar el golpe de estado contra Salvador Allende, en 1973, con el hundimiento del precio del cobre y el desabastecimiento de bienes básicos como arietes contrarrevolucionarios. En 1984, EEUU decretó un embargo económico contra la revolución sandinista.

El chavismo, en Venezuela, pecó de imprevisión al no crear un fondo millonario de emergencia, en prevención de que le aplicaran, a la primera ocasión, el modelo chileno. En febrero de 1990, cuando la revolución sandinista fue derrotada electoralmente, los supermercados estaban, literalmente, vacíos. Menos vacíos, pero vacíos estaban los venezolanos, algo fatal políticamente en un país acostumbrado a la abundancia. Ciertamente, nadie aprende en lomo ajeno.

Nada es eterno

Ningún proceso de cambio, en ninguna parte del mundo, puede darse el lujo de dormirse en sus laureles o bajar la guardia. Hacerlo implica desconocer un hecho que hay que recitar antes de dormir y al momento de despertar: la derecha nunca duerme. Es como un sindicato mafioso internacional con muchos rostros, pero con un único e inmutable objetivo: mantener el control del poder y, para controlar el poder, mantener el control de la economía.

Usar el poder para hacer dinero y el dinero para controlar el poder. Tanto monta, monta tanto. Ése es el significado básico, elemental y secular de las hoy llamadas puertas giratorias, de las que Felipe González —abogado y consejero de transnacionales y enemigo acérrimo de las izquierdas— es magno ejemplo. Por eso a la izquierda le cuesta mil calvarios llegar al gobierno —que no al poder— y a la derecha le es tan fácil conservarlo. Los bolsillos de la izquierda van vacíos, los de la derecha inflados.

La economía ha sido, tradicionalmente, el talón de Aquiles de la izquierda y seguirá siéndolo por una razón simple. La izquierda quiere redistribuir la riqueza, en tanto la derecha aspira siempre a concentrarla en pocas manos. Pero es más difícil y complejo redistribuir que concentrar. Redistribuir no es simple. Hay que reunir recursos, lo que implica caer sobre el gran capital. Pero el poder del gran capital es inmenso, lo que no quiere decir —ni mucho menos— que sea invencible. Esa asimetría obliga a la izquierda a ser más inteligente, más prevenida, más decidida que la derecha. También implica un enorme, gigantesco trabajo de concienciación y de educación.

Durante la revolución sandinista se crearon miles de cooperativas, para darles a campesinos y trabajadores la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. Se les donaban materiales por cientos de millones de dólares, entre ellos tractores donados por la Unión Soviética.

No obstante, el nivel educativo y técnico era tan bajo que muchos tractores terminaban oxidados, mal vendidos o simplemente, abandonados. Hubo otro efecto negativo. Los bajos niveles educativos llevaban a los beneficiarios de aquellas políticas a despreciar el valor de lo que recibían. El agujero económico estaba más que garantizado. No hay economía que pueda resistir agujeros infinitos. Concentrar la riqueza, en cambio, no requiere más que mantener atontados a los pueblos. A mayor crisis más fútbol, o guerras externas o enemigos invisibles que ella misma crea.

Venezuela tuvo la mala-buena suerte de existir sobre un mar de petróleo. Descubierto en los años 20 del pasado siglo, un país atrasado, analfabeto, despoblado y hondamente oligarca se vio —de la nada— navegando en un mar de abundancia. De ahí a crear una sociedad asistencial no había más que un paso. El modelo funcionó hasta 1989, cuando una desorbitada corrupción, la fuga de capitales y el hundimiento de los precios del petróleo provocaron el caracazo. Reventado de repente el globo de la abundancia, los pobres se lanzaron al saqueo de supermercados y tiendas y el gobierno socialdemócrata mandó al ejército a hacer aquello para lo que había sido creado, matar pobres. Uno de los oficiales al mando de las tropas represoras se llamaba Hugo Chávez.

La caída de los precios del petróleo y el fin de la sociedad asistencial abrieron el camino al chavismo y resulta sumamente aleccionador que otra caída de los precios del petróleo y la escasez de productos básicos esté en la base de la derrota electoral del chavismo este diciembre. Como en tantos otros casos, el problema de Venezuela es político, pero, sobre todo, educativo y cultural.

Todas las sociedades funcionan según los vaivenes de mercados y niveles de bienestar, pero pocas son tan dependientes de ellos como Venezuela. Puede uno pensar en las sociedades árabes del golfo Pérsico, pero cualquier parecido es mera coincidencia. Las petromonarquías feudales de la península arábiga funcionan sobre el trabajo esclavo de millones de asiáticos privados de derechos y sobre el soborno, la corrupción y el fanatismo religioso.

Si en Kuwait o Emiratos Árabes se planteara el reconocimiento de derechos mínimos a los emigrantes, el sistema, simplemente, colapsaría o se vería expuesto a terremotos sociales (a propósito de derechos, no hay casi nadie en Europa preocupado por la democracia o los derechos humanos en esos países; ni los habrá. Aquí las puertas giratorias son de oro: un alto cargo español dejó la diplomacia para ser contratado por uno de esos países y el laborista Tony Blair cobra suculentos salarios por ‘asesorías’ a las petromonarquías).

El mundo no es estático

El revés en Venezuela ha sido duro, pero no es irreversible. Con el petróleo en mínimos y un pueblo que —aunque haya votado en contra— ya no es el mismo de épocas pretéritas, la derecha tampoco tiene ante sí un camino de rosas. Entre otros pequeños detalles, no tiene un programa de gobierno y dentro de ella hay de todo, desde extremistas fascistas hasta ex chavistas resentidos. Unida por el propósito único de derrotar al chavismo, tiene ella misma el reto de proponer alternativas viables desde la bancarrota que tan apasionadamente contribuyó a crear. Por demás, aunque el chavismo haya sido derrotado en las elecciones, el PSUV es el partido más organizado, combativo y militante de Venezuela. Esto quiere decir que tiene en mano los elementos necesarios para enmendalla y no cagalla más, como indica la más elemental inteligencia.

Tampoco hay en Latinoamérica cambio de ciclo. El Frente Amplio, en Uruguay, ha sabido hacer las cosas bien y lleva tres victorias electorales en fila. El Frente Sandinista, en Nicaragua, repetirá victoria el 2017 y será la tercera. Los procesos de cambio siguen firmes en Bolivia y Ecuador. La victoria de Macri en Argentina fue por los pelos. En definitiva, pese a la euforia del momento, en Venezuela la verdadera batalla acaba de empezar. Y la guerra será larga. Latinoamérica es otra. No habrá otro Carlos Menem que saquee Argentina, no volverá Venezuela al siglo XIX. La vieja derechona no volverá. Como no volverá España a ser la misma después del 20-D. Sólo algunos momios políticos creen que el mundo es estático y que Tutankamon gobierna Egipto.

*Augusto Zamora R.
Profesor de Relaciones Internacionales// http://blogs.publico.es/dominiopublico/15305/15305/