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Honduras, país invisible… (página 2 de 4)

K. Sapozhnikov (Enero 2008)
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En un avión de la compañía panameña “COPA”, transportista regional que goza de creciente popularidad entre los latinoamericanos, arribé felizmente a Tegucigalpa. Debo decir que el primer “contacto visual” con la capital no me produjo ninguna impresión, aunque mi compañera de asiento, una hondureña que viajaba de regreso a su patria después de una larga ausencia, desde mucho antes de acercarse el avión a Tegus (apelativo “familiar” de los locales para referirse a su ciudad capital) con patriotismo exaltado me describiera los atractivos de la capital, afirmando que la belleza única de Tegucigalpa se apreciaba mucho mejor desde el aire. Me apresuré en armarme de mi cámara fotográfica para hacer varias tomas a través de la ventanilla, haciendo énfasis en las pendientes verde pálido de las montañas, los techos planos de monótonas edificaciones, los caminos serpenteantes entre barrios residenciales que en Tegus se denominan “colonias”. Estas tomas posteriormente las deseché ya que en ellas no se podía apreciar lo típico hondureño: se veían igual que las construcciones “estándar” de las afueras de Lima, Quito o Caracas.

Muchísimas más emociones nos trajo a mi y a los pasajeros, la maestría de los pilotos para conducir el avión a través de los corredores aéreos entre las montañas y realizar el aterrizaje en una pista críticamente corta dentro de la parte más densamente poblada de la ciudad.

Pista críticamente corta dentro de la parte más densamente poblada de la ciudad.

El aeropuerto “Toncontin”

No logré pasar rápidamente el control de fronteras en el aeropuerto “Toncontin”. Una funcionaria de rostro impenetrable y modales autoritarios estudió hasta la saciedad la visa CA-4 de mi pasaporte comprobando su autenticidad, tomó huellas electrónicas de mis dedos índices y, para culminar, me tomó una foto de frente con el “ojito mágico” de una cámara web, dejándome así registrado por los siglos de los siglos en la computadora de control de fronteras de Honduras. Posteriormente me esclarecieron que ese estricto procedimiento de control se aplica no sólo a los ciudadanos de Rusia y la Comunidad de Estados Independientes (CEI), sino a todos los extranjeros “no occidentales”. Desde el territorio de Honduras está teniendo lugar una activa penetración de inmigrantes ilegales en Guatemala, México que luego siguen a los EUA. Las autoridades hondureñas están obligadas, además, a estar a la caza de “elementos indeseables” porque “les llegó” una información acerca de que estaban entrando al país emisarios de “Al Qaeda” que se están dedicando al reclutamiento de miembros de agrupaciones delictivas juveniles “maras” con el fin de llevar a cabo acciones terroristas en los EUA apoyándose en ellos. También parece que se han hecho más frecuentes los viajes a Honduras de diplomáticos iraníes (de las embajadas en Nicaragua y Venezuela). Los iraníes no le han hecho ningún daño a Honduras, pero como en Washington no les tienen mucho cariño, el gobierno de José Manuel Zelaya Rosales está obligado a tener esto presente.

El palacio presidencial

Luego de haber obtenido el añorado “cuñito” en el pasaporte, me encaminé al hotel “Plaza del Libertador” ubicado en la línea divisoria entre la parte vieja, colonial, de la ciudad y sus barrios modernos, donde se concentran los grandes complejos comerciales, embajadas, restaurantes de moda, casinos y residencias de personas adineradas. Confieso honestamente que el hecho de que predominaran edificaciones poco atractivas, del planeamiento caótico de la ciudad, del sello provinciano en todo - incluso el palacio presidencial ocupa un espacio reducido en un lugar poco llamativo rodeado por una cerca metálica común y corriente como las que se usan en las casas de campo en Rusia - me sorprendió desagradablemente. Tegucigalpa sin dudas queda a la zaga de San José, de Ciudad Guatemala y mucho más de la moderna capital panameña1.

Hotel «Plaza del Libertador»

A pesar de estar en temporada turística, el hotel estaba vacío. Dos o tres matrimonios “gringos” y varios “caballeros” locales con modales confiados (del tipo de los comerciantes-empresarios). Llené la tarjeta de registro, prestando atención a que la palabra “ruso” en la columna de nacionalidad no le produjo impresión alguna al empleado. Ello me confirmó la suposición que tenía de que la presencia de visitantes de Rusia para los hondureños es algo habitual.

Luego de dejar mis pertenencias en la habitación, me dispuse a hacer un “reconocimiento” de la parte vieja de la ciudad. El mapa de la ciudad que me entregaron en el hotel me ayudó a seleccionar mi itinerario: ir recto por Avenida Cervantes, sin doblar hacia ninguna parte, y a los 10 - 15 minutos se encuentra uno en la plaza principal de Tegus. Resultó que en esta avenida, carente del atractivo y el glamour de una capital, están los kioscos de souvenir, cuyo variado surtido, ante todo, las tallas en madera - desde cuadros y platos con paisajes hasta refinados joyeros y pequeños cofres - retuvieron por un buen rato mi desplazamiento.

Guardia

En esa oportunidad no le compré nada al dueño de uno de estos kioscos, señor Mario González, pero, aprovechando que era una persona muy comunicativa, así como la ausencia de clientes, le hice un interrogatorio acerca de lo que más me preocupaba en ese momento: ¿Cuáles eran en su opinión los parámetros de delincuencia en las calles?, ¿Si mi apariencia no resultaría demasiado llamativa al andar por Tegus con mi cámara fotográfica sobre el pecho y una expresión de tonta curiosidad en el rostro?

El señor Mario me tranquilizó:

- Hace 30 años que tengo el negocio en este lugar y ni una vez he resultado agredido. Ahora hay cada vez más policías en las calles. Sobre todo en el centro. Pero en la ciudad hay zonas donde el peligro esta siempre presente. De día en menor medida, pero de noche, siempre. Nosotros, los de la ciudad, sabemos muy bien a donde no debemos meter nuestras narices. Pero para mi puesto ni siquiera he contratado un custodio. Me alcanza con estos muchachos, e hizo una seña hacia los guardias que pateaban ante las puertas de los locales comerciales de enfrente, con sus pomposos fusiles.

Rincon Catracho

De labios del atento señor Mario escuché por primera vez la palabra “catracho” que utilizaba, hasta donde yo podía entender, como sinónimo de “hondureño”. No me equivoqué. A los hondureños, hombres y mujeres, se les puede llamar sin temor “catracho” o “catracha”, lo cual será bien recibido. Según el señor Mario, la historia del origen de esta palabra se estudia incluso en las escuelas hondureñas por estar ligado al pasado heroico de la nación y por estar vinculado al rechazo de los intentos de mercenarios “filibusteros” norteamericanos, encabezados por el aventurero William Walker, de colonizar toda América Central. En 1856 se creó el Ejército Unificado Centroamericano. En mayo de 1857 a los filibusteros se les propinó una contundente derrota, Walker fue capturado y ejecutado. Por su valentía, el destacamento hondureño se cubrió especialmente de gloria. Este destacamento estaba comandado por el General Florencio Xatruch. Precisamente por su apellido, deformando al máximo la pronunciación para simplificar las cosas, fue que en los países de América Central comenzaron a usar la palabra “catracho” para denominar a los valientes combatientes hondureños. El nombre prendió y se consolidó en la conciencia de los hondureños tanto desde el punto de vista del léxico, como en lo histórico y emocional. Surgieron múltiples refranes sobre este tema, de los cuales el más conocido es: “El catracho no se hace, ¡el catracho nace!”.


Teatro Bonilla

Tegucigalpa es una ciudad sin atractivos especiales. Y no sólo es mi opinión. Los propios hondureños dicen, no sin amargura, que en el país y en la capital hay más museos que objetos en exposición. El más promocionado de todos, el Museo del Hombre, tuvo suerte por un tiempo ya que en él se montó la exposición itinerante de aguafuertes de Rembrandt. Algunos monumentos “culturales y arquitectónicos” destacados en las guías para viajeros no siempre resultó posible localizarlos, pero, aún en los casos en que se tuvo la suerte de encontrarlos, resultó que estos “objetivos” se encontraban en un estado deplorable como, por ejemplo, “la perla arquitectónica de Tegus”: el Teatro Bonilla, que se presenta cubierto de polvo y carente de vida. La casa donde nació el héroe nacional de Honduras, General Francisco Morazán, se cedió como sede del Archivo Nacional. El Parque de la Concordia, tan celebrado en la obra de varias generaciones de poetas hondureños, presenta un aspecto de orfandad. Las réplicas en piedra de las pirámides y otras construcciones maya, dispersas dentro de la vegetación del parque, pudieran tomarse como auténticas si no fuera por las omnipresentes tablillas esclarecedoras acerca de que la mayoría de los “originales” se encuentran lejos, más allá de las fronteras hondureñas desde Tikal hasta Yucatán.

Plaza Morazán

En el centro histórico de Tegus se encuentra la Plaza Morazán, verde oasis muy cuidado, lugar preferido para encuentros de negocios, citas de enamorados y para la realización de “actividades masivas”. En vecindad próxima a la plaza se alzan el edificio del parlamento de arquitectura “ininteligible”, la alcaldía de la ciudad, bancos, la catedral y varios otros templos reverenciados por los católicos. Tienen también su propio Arbat (nota del traductor: famosa calle comercial, cultural y artística de Moscú), mucho más modesta que la de Moscú, pero igualmente muy “llena de luces”. La Plaza Morazán está siempre llena de mirones, desempleados y pensionados, que de la mañana a la noche ocupan puestos en los bancos, cercas de piedra de los parterre y en todos los puntos “buenos para sentarse” bajo la sombra de árboles centenarios. Estas personas provocan una impresión triste: todo en ellos es pasado y casi nada futuro. Como vecinos tienen a los vendedores de billetes de lotería. Continuamente se escuchan gritos: ¡”Trece”! ¡”Trece”! Evidentemente esta cifra debe ser considerada afortunada por los hondureños, pero a decir verdad, la inverosímil cantidad de tales billetes provoca dudas. ¿De dónde podrá venir tanta cantidad?

El Monumento a la Paz

En mi opinión, el monumento más original de Tegus es El Monumento a la Paz erigido sobre una de las colinas de la capital como símbolo de paz definitiva entre Honduras y El Salvador después de la “Guerra del Fútbol” de 1969 que tuvo repercusión en todo el planeta. Los aviones en su maniobra de aterrizaje invariablemente sobrevuelan el monumento, imponente construcción de hormigón en forma de rotonda con altas columnas que apuntan al cielo.

El taxista al que me dirigí no aceptó de inmediato emprender el viaje. Más tarde, cuando comenzamos a “dibujar espirales” por el camino en mal estado que conduce a la cúspide de la colina, comprendería la causa de su duda inicial: es un lugar desolado, poco frecuentado y sin presencia policial alguna. Por cierto, llegamos sanos y salvos al monumento. Allí comprobamos que también está bastante abandonado, así como que el fuego eterno se apagó para siempre. Sólo la azul-blanco-azul enseña nacional con cinco estrellas azules de vez en vez ondeaba movida por rachas de viento.

La causa del conflicto militar entre Honduras y El Salvador no estuvo, naturalmente, en el fútbol. En los primeros meses de 1969 en Honduras aumentaron bruscamente los casos de ocupación de tierras, en lo cual tuvieron un papel activo personas oriundas de El Salvador (que constituyen el 20% de la mano de obra en los trabajos del campo, especialmente en la zona fronteriza). Los grandes terratenientes hondureños sonaron la alarma: “¡Los usurpadores extranjeros están atentando contra nuestras propiedades!” Algo de verdad había en esto. En el país no hay muchas tierras con alta fertilidad: no más del 20% del territorio. Las autoridades, con el “apoyo” del Instituto Nacional Agrario (INA), se vieron obligadas a reaccionar y en los meses de abril y mayo, cientos de familias salvadoreñas fueron “desalojadas” de las tierras ocupadas en los departamentos de Yoro, Copán, Santa Bárbara y Cortés. Como siempre, en casos como este, hubo muchos casos de “alteraciones” administrativas, abuso de la fuerza y demagogia nacionalista. Los asustados campesinos salvadoreños en grupos de miles huían a su patria donde no eran muy bien “esperados”: el problema agrario en El Salvador era aún más agudo y, como todos sabemos, compartir la tierra no es algo que se haga siempre a gusto.

Sobre esta base fue que tuvieron lugar en el mes de junio “enfrentamientos de importancia local” entre los partidarios de los equipos de fútbol de ambos países. Primero fue en Tegucigalpa y más tarde - y con mayor envergadura - en la capital de El Salvador. La noticia de que la bandera hondureña había sido profanada en El Salvador, que el himno se había ejecutado con deformaciones y que los aficionados habían sido objeto de burlas y golpizas, literalmente inflamó a los hondureños. La derrota con marcador 3:1 fue declarada “injusta”, pues había estado condicionada por “acciones provocadoras” por la parte anfitriona. “El desencanto resultó tan fuerte - según las palabras de Andre-Marcel d´Ans, experto en “cuestiones hondureñas” - que en Honduras se desató una verdadera cacería de inmigrantes salvadoreños, los cuales, muertos de susto, por miles se apresuraban de regreso a su país”.2

El 26 de junio el gobierno de El Salvador decretó la ruptura de las relaciones diplomáticas con Honduras y el 13 de julio las tropas salvadoreñas, reforzados con reservistas y destacamentos de milicia, pasaron a la ofensiva general. La aviación asestó golpes con bombas contra una serie de ciudades fronterizas de Honduras, así como contra Tegucigalpa. Tras las huellas del ejército marchaban turbas de merodeadores que pasaban a territorio salvadoreño todo lo que tuviera el más mínimo valor: desde ganado hasta utensilios de uso doméstico.

No fue hasta el 3 de agosto que el último soldado salvadoreño abandonó el territorio de Honduras. A los 9 meses de transcurridos combates de poca monta y bombardeos a lo largo de la frontera, durante los cuales perdieron la vida dos mil hondureños y no menos de cuatro mil resultaron heridos, fueron firmados los acuerdos de paz entre los dos países. Uno de los resultados de esta confrontación fue la salida de Honduras en diciembre de 1970 del Mercado Común Centroamericano. El pretexto era el esperado: desigualdad en las relaciones en el mercado, expansión descontrolada de las mercancías procedentes de El Salvador, ausencia de compensaciones para Honduras como parte débil desde el punto de vista económico-comercial. Tegucigalpa prefirió los convenios bilaterales con todos los países de la región, exceptuando a El Salvador, a seguir siendo miembro del Mercado Común. Se prohibió el tránsito de las mercancías salvadoreñas por el territorio hondureño.

No sé como serían las cosas en El Salvador, pero en Honduras, a juzgar por los reportajes televisivos, a los veteranos de aquella guerra se les rinde honores como héroes que rechazaron dignamente al agresor. Las ceremonias de condecoración de los veteranos (¡38 años después!) transcurrieron con la participación de autoridades civiles y militares, a las que siguieron almuerzos solemnes, durante los cuales “los combatientes recordaron los días pasados y las batallas en las que tuvieron que combatir”.


1. Los turistas rusos que han pasado por la capital hondureña compartieron por Internet sus impresiones y estas resultaron parecidas. He aquí una de ellas, que es bastante reciente: “Tegucigalpa no nos pareció acogedora. En cada esquina había grupos de personas de aspecto dudoso y en el aire se presentía peligro. Teníamos un solo deseo: escondernos tras las puertas del primer hotel que nos encontráramos, y fue lo que hicimos. Por la mañana, la ciudad no parecía mucho mejor: sucia y poco amistosa”. Yo tuve un poco más de suerte: durante mi estancia en Tegucigalpa estaba en marcha una campaña de limpieza de la ciudad.
2. Andre-Marcel d’Ans «Honduras. Dificil emergencia de una nacion, de un estado». Traducido del frances. Quinta edicion. Tegucigalpa, 2007, pp. 291. Hasta el día de hoy, esta monografía es lo mejor de todo lo que se ha escrito sobre Honduras.

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