La izquierda brasileña promete ser una dura piedra en el zapato de Lula

2 de Enero de 2007
La izquierda brasileña, que hace cuatro años creyó tocar el cielo con la victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva, puede ser ahora una dura piedra en el zapato del ex sindicalista, que hoy fue investido para su segundo mandato.

Para los próximos cuatro años, Lula ha decidido gobernar con una amplia coalición, en la que el mayor peso lo tendrá el Partido del Movimiento Democrático (PMDB), de centroderecha, que en la nueva legislatura tendrá las primeras minorías en las cámaras de Diputados y del Senado.

Lula empieza su segundo mandato con los mismos ministros, pero en febrero próximo, cuando se instale el Congreso, abrirá espacios en su gabinete para los partidos de la naciente coalición, con claras preferencias por el PMDB.

En la izquierda, esa alianza ha sido percibida como un giro de Lula hacia la derecha, acentuado ya durante su primer mandato con una política económica restrictiva y ortodoxa, que los más radicales no dudaron en calificar de "neoliberal".

La nueva coalición ha sido rechazada por la Coordinadora Nacional de Movimientos Sociales, formada por combativos grupos de izquierda que amenazan con "romper la tregua" dada durante los últimos cuatro años al gobierno.

Hace quince días, representantes de la Coordinadora le exigieron a Lula que en su segundo mandato cumpla con sus promesas de campaña y forme un gobierno "realmente de izquierdas".

"El presidente fue elegido por una base de izquierda y sabe que los movimientos sociales tienen poder de movilización y se van a plantar frente al capital financiero y las fuerzas conservadoras", dijo Joao Paulo Rodrigues, del Movimiento Sin Tierra (MST).

En opinión del sociólogo Emir Sader, que junto con Lula y otros intelectuales y líderes socialistas creó hace siete años el Foro Social Mundial, "de este segundo gobierno dependerá el futuro de la izquierda brasileña durante un largo período".

Sader considera que el primer mandato de Lula "fue una mezcla de continuidad y cambios, y también de decepciones y esperanzas".

Sobre la reelección de Lula en octubre pasado, con casi 60 millones de votos, Sader dijo que ha quedado claro que "la derecha fue derrotada", pero aclaró que eso no significa que haya ganado la izquierda.

La misma opinión tiene Plinio de Arruda Sampaio, un octogenario líder socialista que en 1980 estuvo junto a Lula en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT), pero abandonó esa formación el año pasado, indignado con los escándalos de corrupción en el gobierno y en el propio partido.

Según Arruda Sampaio, en el 2002, cuando Lula ganó sus primeras elecciones, la población votó "con entusiasmo y esperanza", en favor de una opción "popular" y de cambios que finalmente no ocurrieron.

Ahora, considera que "se eligió el mal menor", porque la opción que suponía el socialdemócrata Geraldo Alckmin, adversario de Lula en las pasadas elecciones, representaba "el regreso de la derecha más dura".

"Se eligió el mal menor", declaró Arruda Sampaio, ahora líder del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), fundado en el 2004 por cuatro parlamentarios del PT con posiciones críticas al gobierno del ex sindicalista.

En las filas del MST, una organización campesina con enorme poder de convocatoria y una estrecha relación con Lula a lo largo de las últimas dos décadas, tampoco hay muchas esperanzas en relación a su nuevo mandato.

"No tenemos ilusiones en relación al gobierno, pero ya es hora de exigir los cambios políticos prometidos y que se respete el interés del pueblo", declaró Marina dos Santos, integrante de la Dirección Nacional del MST.

El primer gran desafío que la izquierda planteará a Lula está previsto para septiembre próximo, cuando los movimientos sociales realizarán un simbólico "referendo popular" sobre la privatización de la compañía siderúrgica Vale do Rio Doce.

La empresa fue vendida a capitales privados en 1997, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, tras un proceso en su época criticado y denunciado como fraudulento hasta por Lula.

Los movimientos sociales confían en que millones de brasileños se pronunciarán en favor de que la privatización sea revisada y anulada y esperan contar con el apoyo de Lula, quien puede quedar en una incómoda posición entre la izquierda y sus nuevos compañeros de la derecha.

(Agencias)
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