Chile y la "Cuestión Mapuche": algo más que un asunto de Indios Alzados.

Por Magaly Acosta Oviedo.
22 de Agosto de 2002
Chile es considerado hoy como una nación de constante progreso, el lugar idóneo para invertir, con políticas que aspiran alcanzar el nivel de los países europeos, de habitantes cultos y racialmente, homogéneos. Un país que con posterioridad a la dictadura de Pinochet ha tratado de enmendar el rumbo democrático y se presenta como un país respetuoso de los derechos ciudadanos y equilibrado en comparación con sus pares del continente. Pero el trato que recibe a diario un sector de sus habitantes nos afirma lo contrario. La dictadura se acabó, pero numerosas personas son detenidas, procesadas y discriminadas por injustas leyes en este paraíso neoliberal, y el nombre Mapuche, como un estigma, se repite: que reclaman territorios, que son indios flojos (y en consecuencia pobres y es su culpa), que el Estado entrega tierras que no trabajan, herramientas que destruyen y becas que están de más por su “natural inferioridad. Pero la violencia ha sido la constante en las zonas que habitan y sobre ellos cae “la ley” con todo su peso, esto, bajo los gobiernos democráticos de la Concertación.

La población indígena de Chile (aproximadamente 1 millón de habitantes) está compuesta principalmente por las etnias Mapuche (sur del país y con más de 337.000 habitantes sólo entre las ciudades de Temuco, Concepción y Valdivia), Aimara (norte), Rapa Nui, o Pascuense, las de las comunidades Atacameñas, Quechuas y Collas (zona norte) Kawashkar o Alacalufe y Yámana o Yagán de los canales australes. El Estado chileno ha implementado una serie de políticas con vistas a incorporarlos al país y al progreso que en él se aspira (ejemplo de ello es la promulgación de una Ley Indígena que los reconoce en sus derechos y la creación de la Corporación para el desarrollo Indígena (CONADI) como instrumento para hacer efectivas dichas políticas). Pero la realidad es que siguen siendo los grupos más pobres del territorio y víctimas de discriminación y abuso por parte de “los chilenos”. En la práctica esta política se ha limitado a otorgar unas hectáreas de tierra, a entregar algunos implementos de trabajo (semillas, bombas de agua) y unas cuantas becas.

Pero sólo los Mapuche se han rebelado y con mayor violencia, algo que poco tiene que ver con la “bravía” propia de este pueblo indómito, como escribiese Alonso de Ercilla y Zúñiga en el poema épico La Araucana; o porque sean menos dóciles y ya no los “indiecitos” o “mapuchitos”. Se trata de una etnia que se ha cansado no sólo del paternalismo del cual es víctima sino porque no son reconocidos en su calidad de pueblo, que posee sus representantes y organizaciones pero no así legitimidad ante un Estado xenófobo e ignorante, como su lenguaje lo delata (el Subsecretario del Interior Jorge Correa Sutil hizo prácticamente una declaración de guerra y se refirió a los mapuche como subversivos y cobardes) .

La ley Indígena reconoce el derecho a agruparse según sus costumbres ancestrales, mas esto es visto antes como una curiosidad folklórica o antropológica, que como un organismo interlocutor válido ante los organismos estatales No se trata sólo de un asunto de pobreza que se soluciona con unas migajas, del reconocimiento y devolución de territorios que históricamente les pertenecen (sufrieron el despojo violento a partir de 1883 del 95% de sus tierras por parte del Estado), del desconocimiento de una cultura que no es escuchada, del ecocidio que allí se está produciendo a vista y paciencia de las autoridades sino además de un etnocidio y todo esto, lo más grave, forma parte de una política de Estado.

Durante el mes de marzo en Ralco, provincia del Bío Bío (VIII región al sur del país) y como consecuencia del traslado de convoyes con transformadores para la construcción de una central hidroeléctrica (por parte de Endesa-España) en esa zona, se produjeron nuevos y numerosos enfrentamientos con un saldo de más de 70 detenciones. Se está construyendo una represa y aún no existe un informe definitivo de impacto ambiental, además del manifiesto irrespeto a la ley indígena que debiera estar, según todas las convenciones internacionales, por sobre otras leyes que privilegien el supuesto aporte económico de tal proyecto. Los resistentes: grupos mapuche (“gente de la tierra”) y pewenche (“gente del pewuén”, que es el fruto sagrado de la araucaria) quienes se oponen al megaproyecto.

Se ha querido mostrar esta violencia desencadenada en la zona como la lógica (simplista y de guerra fría) de pequeños grupos extremistas, opositores al progreso, unos cuantos indios desarrapados y muertos de hambre que obedecen a agrupaciones terroristas extranjeras (como la ETA vasca o el EZLN), arrasan con las cosechas de buenos chilenos que sólo desean trabajar y por tanto, deben ser “reprimidos” por las fuerzas del orden, incluyendo mujeres y niños. Como dato, entre las líderes más decididas y emblemáticas se encuentran las hermanas Nicolasa y Berta Quintremán (pertenecientes a la agrupación Domuche Newen), dos ancianas de más de 70 años y a las cuales los carabineros (policía militarizada chilena) no han tenido empacho en detener durante las manifestaciones y aún acusarlas de “maltrato de obra a Carabineros” es decir, por golpear a algún funcionario policial, lo cual amerita ser pasado a Fiscalías Militares. Produce risa, además de indignación, esta odiosa legislación heredada por la dictadura militar que hace a algunos ciudadanos intocables. Así, una anciana que no llega al metro sesenta de estatura puede ser juzgada por jueces militares por el delito de golpear a un hombre entrenado y armado que la sobrepasa largamente en tamaño y corpulencia. David contra Goliat. Todo el poder para un sector poderoso y la indefensión para la mayoría. Violencia que es un síntoma en una sociedad que se resiste a hablar del origen y causas de su enfermedad. El mensaje del Estado chileno es claro: asimilarse o desaparecer, pero aún existen personas para quienes las políticas majaderas de globalización a costa de los propios seres humanos es asunto de vida o muerte, pues está en juego no sólo un pedazo de tierra sino el equilibrio y la supervivencia de la civilización.
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